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El Túnel

Por Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez
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Caro y Daniela se encaminaron hacia el jeep; se sentaron y se fueron a casa. En la puerta, un furgón con las luces de emergencia encendidas, esperaba subido a la acera delante del portón de entrada.

Caro aparcó y salió corriendo al encuentro de los dos hombres.

- ¡Perdón, lo siento mucho!

- ¡Ya era hora, señora! No sabíamos si volvernos a casa y dejarle las cosas tiradas aquí en la calle, ni qué hacer.

- Ustedes tenían que haber venido por la mañana.

- El viaje es largo y tuvimos una avería con el otro furgón; tuvimos que esperar a que la compañía nos mandase otro. Estamos aquí desde las cinco.

- Lo veo difícil, porque salimos de casa a las seis.

-Pues es igual, ya son casi las nueve.

- Hagamos una cosa, dejemos de discutir empiecen a descargar. Les abro la puerta y lo dejan en el jardín, ¿les parece? Así no tienen que meter las cosas en casa y tardan menos.

- Lo que usted diga, señora.

Caro abrió el portón y Dani entró, sentándose en una de las sillas del porche, mirando con avidez las cajas que los operarios depositaban en el suelo de forma descuidada. Se levantó y empezó a abrirlas: Allí, colocadas con bastante esmero, estaban las cosas de Daniela: sus tesoros, su ropa, sus juguetes, su raqueta de tenis, sus libros. Caro y una vecina de los padres de Daniela habían empaquetado absolutamente todo del dormitorio de Daniela, sin saber si ella quería conservarlo, tirarlo, si era suyo o era prestado. Habían empaquetado también los marcos con las fotografías de la familia, y un oso de peluche enorme y viejo que había sobre la cama de Lara, además de algunos muebles pequeños y el antiguo dormitorio de Daniela, tan grande que Caro dudaba que a la niña le cupiese en su nuevo hogar.

Daniela encontró el viejo juguete de su hermana y lo abrazó, en silencio, mientras gruesos lagrimones caían por sus mejillas.

Pero Caro no la miraba. Atenta a los gestos de los operarios, se encargaba de ir acercando las cajas, las maletas y los bultos a la entrada, para meterlos en la casa mas tarde.

Los operarios no tardaron mucho. Se veía que tenían ganas de irse, porque trabajaban en silencio y sin descanso, con cara seria y ceño fruncido. En cuanto Caro firmó el recibo después de haberse asegurado de que todo había llegado en orden, les dio una generosa propina y el semblante de los operarios cambió.

- Muchas gracias otra vez y perdonen; de verdad. Estaba en el médico con la niña y tuve que apagar el móvil; después me olvidé de encenderlo.

- No se preocupe, señora; son cosas que pasan. – Contestó el mayor de los dos, un hombre fuerte de pelo cano y mirada franca. – Su hija parece enferma de verdad, no tiene fuerzas ni para tenerse en pie.

- Sí, lo sé. Pero se recuperará.

- Así se lo deseo, de verdad. Que pase un buen verano.

- Muchas gracias, conduzcan con cuidado. – y dándose la vuelta, se dirigió hacia Dani.

- Voy a guardar el jeep en el garaje; entra si quieres, que ya me encargaré yo de colocar las cosas dentro. – Salió de casa, cerrando el portón tras de sí.

Tras guardar el destartalado jeep en su sitio, Caro entró en la casa por la puerta del garaje y se dirigió al porche, para ver a Daniela; pero la niña no estaba allí.

- ¿Daniela? ¿Dani? – subiendo las escaleras, Caro estaba segura de donde se encontraba la niña.

Allí, en el refugio de encima de su cama, Dani estaba acostada de cara a la pared, abrazada al oso de su hermana. Caro se acercó y se sentó a los pies de la niña.

-La vecina del sexto del edificio de tus padres, esa que tenía las llaves de tu casa, me ayudó a empaquetar tus cosas. Lo que pasa es que no sabíamos lo que querías conservar y lo que no, y lo guardamos todo. Empaquetamos también las álbumes de fotos, las carpetas con los recortes de los éxitos de tu padre y Mayte, y los marcos de fotos de la casa. Todo lo que no está aquí, está en un guardamuebles. Ahora son tus cosas; tú decidirás que hacer con ellas. – La niña, con los ojos cerrados, fingía dormir. – Otra cosa; ya sé que ese oso era de Lara: estaba encima de su cama y aparece en casi todas las fotografías con él en brazos; supuse que querías conservarlo, sé lo mucho que la querías. – La niña seguía sin moverse y Caro se levantó, derrotada. – Quédate en cama. Ha sido un día largo y caluroso, lleno de emociones. Mañana tenemos otro montón de cosas que hacer, pero lávate la cara, los dientes y las manos, ¿de acuerdo? Buenas noches, hija. – Y levantándose, salió del dormitorio, cerrando la puerta despacio.

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Comentarios 4 comentarios sobre El Túnel

  1. vane dice:
    12 junio, 2011 a las 19:49

    Jooo, y me has hecho llorar Ju…..no puedo con lo de Lara….:-(

    Responder
  2. Avatar de Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez dice:
    12 junio, 2011 a las 20:04

    Vane, mi niña, no quiero que llores. Que es una novela, hija…

    Responder
  3. Carmina dice:
    13 junio, 2011 a las 14:50

    Pobre Daniela….. pero lo superara…..y tendrá que vivir con esta nueva realidad…….por dura que le resulte.

    Responder
  4. Avatar de Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez dice:
    13 junio, 2011 a las 15:17

    La vida, a veces, es un asco.

    Responder

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