Palabras (VI)
En mitad del pasillo, Caro tropezó con Cristiana.
- ¡Hola! ¿Ya habéis terminado de hablar? ¡Caro! ¿Qué ha pasado?
Carolina temblaba de rabia.
- ¡Ese cuñado tuyo, maldita sea la hora en la que me crucé con él! ¡No quiero que vuelva a acercarse a mi hija, no quiero verlo jamás!
- Ven, anda… – Cristiana la guió a su dormitorio. – Ahí tienes el baño; lávate la cara, estás horrible.
Caro se acercó al lavabo, se mojó la cara y la nuca y apoyó las manos, derrotada. ¿Quién se creía que era para tratarla así? ¡Ella no le debía nada a nadie, y mucho menos explicaciones!
Se miró en el espejo y no se reconoció.
- Cálmate, Carolina, tienes que calmarte, por el bien de Daniela.
- ¿Cómo dices? – Cristiana, sentada en la cama, la esperaba.
- Nada, hablo sola, es una costumbre que tengo. – Caro se secó la cara y salió, sentándose al lado de su amiga.
- ¿Qué ha pasado?
- No ha pasado nada. Por favor, localízame a Daniela; nos vamos a casa.
- ¡Pero si ni siquiera has comido! No te vayas así, anda.
- No, no ha sido buena idea. Mejor nos vamos.
Cristiana se puso en pie.
- Hazme un favor, por lo menos. O hazlo por tu hija. La niña lo está pasando bien con Cris; ahora mismo están en el dormitorio, hablando de sus cosas. Déjame hablar con Javier; tú espera aquí que nadie te molestará. Yo volveré dentro de un rato. Échate, si quieres. – Cristiana salió, cerrando la puerta.
Y Caro se quedó sola sumida en sus pensamientos.
Sabía que había actuado mal; no hacía ni venticuatro horas que el pediatra le había recomendado paciencia, y ya la había vuelto a perder.
Nunca hablaba de su vida privada con nadie; a nadie le importaba lo que hacía o dejaba de hacer. Y una vez que se abre por el bien de la niña, usan su propia vida para atacarla. No, no había sido una buena idea, mejor contratar a un profesional con el que ella no tuviera roce. Estaba claro que las relaciones humanas no eran lo suyo. Bueno, ahora tenía una niña, y por ella haría lo que fuese, menos relacionarse con la gente.
Caro miró alrededor. El dormitorio, decorado con sencillez, estaba repleto de fotografías enmarcadas: bodas, cumpleaños, bautizos, reuniones, orlas, fiestas, vacaciones… Caro las miraba, asombrada. En todas las fotografías había niños riendo; había abrazos, alegría, juegos.
Carolina pensó en su casa; las únicas fotos que había eran las que había traído de la casa de Daniela; los tres cuadros lo mismo; ella no tenía un hogar, tenía un piso de soltera, pensado para alquiler. Una mesa, tres sillas, un sofá… No, había hoteles más personalizados que su propia casa.
Cogió una fotografía y la miró. En ella, una extenuada Cristiana acunaba a un bebé recién nacido; debía de ser justo después del parto, porque ella estaba en pijama y se veía la cama de hospital. Caro no tenía ninguna fotografía así, aunque recordaba el parto: dos empujones, un bebé colorado, Rafa llorando de alegría. Fue él quien cogió a la niña.
Y Carolina, con diez años de retraso, lloró por todo lo que se había perdido.


Siempre hay un momento donde dejamos de mirar hacia atrás y empezamos a mirar hacia delante… y Caro ha empezado hoy con Dani