Las Cicatrices (X)
- Marcia, ¿te importa ir a comprar algo para comer? Algo rico, realmente rico y sabroso, como pollo asado. ¿Te acuerdas, cuando estábamos en la universidad y nos íbamos a comprar el pollo asado? - Acababan de llegar a casa, y Caro abría la puerta del coche para bajar.
Marcia reía.
- ¡Y qué bueno estaba aquel pollo! ¿Compro también patatas chips?
- ¡Qué pregunta! ¿Desde cuándo se puede comer pollo asado sin coger patatas fritas de bolsa? Coge también algo de postre, como helado, ¿vale? Helado de limón. Yo iré haciendo el té.
- Perfecto. Carolina…
- ¿Sí?
- Ten cuidado, ¿vale?
- Descuida.
Caro abrió la puerta del jardín con la llave que sacó del bolso. Dani la seguía, en silencio.
Al entrar en casa, Dani se dispuso a ir hacia su dormitorio pero Caro la frenó.
- Daniela, por favor. Tengo que hablar contigo. ¿Serías tan amable de dejar la ropa mojada en el tendedero y volver aquí? Tengo algo que decirte.
Dani obedeció sin decir una palabra. Al volver, se sentó en uno de los altos taburetes de la cocina, enfrentándose a su madre no sólo con la pose, sino también con la mirada.
Caro llenaba el hervidor antes de ponerlo al fuego, trabajando sin prisas, calmada.
- Dani, me he dado cuenta de que no eres feliz aquí. Hemos hecho todo lo posible para convertir esta casa en un hogar para ti, pero parece que no te importa. – Caro miró a la niña, que seguía con la vista fija en ella, sin parpadear y sin hablar.
- Así que he hablado con tu pediatra, y me ha dicho que te ha encontrado una plaza en un hogar de acogida. No está lejos. Esta tarde, a última hora, irás allí, pero sólo si tú quieres. Que te quede claro que no te estoy echando de casa. Esta es tu casa, nuestro hogar. Antes de llegar tú, era una casa nada más, un sitio donde dormir al llegar la noche. Ahora es mi refugio, y yo esperaba que también fuese el tuyo. Marcia ha hecho un trabajo increíble con los muebles de tu padre y de Mayte. Lo hemos hecho para que siguieses teniendo tu hogar, y lo hicimos con tu consentimiento. ¿Sabes una cosa? Yo no tengo tanto dinero como tenía Rafa; ellos eran dos y ganaban mucho, sin contar que la familia de Mayte es ya, de por sí, rica. Pero vivo bien. Gano bastante y me gusta mi vida. Y me gusta mi casa. Ojalá te gustase también a ti.
Marcia entró por la puerta.
- ¡Que alguien me eche una mano, que se me enfría el pollo y se me calienta el helado!
Caro se acercó a echarle una mano.
- ¡Venga, vamos a poner la mesa, antes de que se caliente el pollo y se enfríe el helado!
- ¡Al revés, lo has dicho al revés! – Marcia se reía.
- ¡Bueno, lo que sea! Oye, Marcia, ¿y si lo comemos como lo hacíamos antes?
- ¿Te refieres a comerlo con las manos, como “Shrek”"?
- ¿Como quién?
- Nada, déjalo. Me parece bien.
Pusieron un mantel de papel que Marcia había comprado, cogieron botellines de agua, servilletas de papel y las patatas en un cuenco, y trocearon el pollo.
- ¡Listo, a la mesa!
Dani las miraba hacer, intrigada. Allí no había ni cuchillos, ni tenedores, ni nada. Iban a beber de la botella, a comer con las manos y a disfrutar de la comida de verano, sin preocupaciones y sin etiquetas. Mayte nunca le había permitido comer con las manos y beber de la botella; la mesa tenía que estar perfectamente puesta y además, cada uno tenía que servirse la ración en el plato.
Marcia y Caro no habían puesto platos, se servían de la fuente y dejaban los huesos del pollo en una servilleta de papel.
- Dani, no te vamos a servir. Será mejor que vayas empezando, porque no te vamos a dejar nada. Oye, Caro, ¿te acuerdas de aquella vez que le pedimos a Rafa que tocase para nosotras, y nos comimos todo mientras él tocaba?
Caro lloraba de risa.
- ¿Y tú te acuerdas de aquella vez en la playa que le cambiamos la hora a los relojes y se creyó que se había perdido las clases?
Ahora era Marcia la que se reía.
Dani las escuchaba, atenta. Nadie le había contado nada de aquellos días de universidad, donde los tres amigos siempre estaban juntos pasándolo bien.
- La verdad es que era un inocentón…
- Sí que lo era, Marcia, era una de las mejores personas que he conocido jamás. No sé cómo pudo llegar a donde llegó, ¡si era el despiste personificado!
Dani, sin darse cuenta, entró en la conversación.
- Mayte era la que le llevaba todo al día. Siempre quería tenerlo todo controlado y tenía un horario para cada uno en una pizarra. Se enfadaba mucho con nosotros si no lo cumplíamos. Creo que papá le tenía un poco de miedo.
Carolina se dirigió a su hija.
- No te creas eso, Daniela. Tu padre era muy valiente pero era tranquilo; seguro que tu padre estaba encantado al lado de Mayte. Estoy convencida de que tus padres fueron muy felices juntos.
- Mayte no era mi madre. – Tras decir eso, Dani se tapó la boca con las manos y Caro, bebiendo un poco de agua fría, se sintió revivir por dentro.


Menudo subconsciente…..le ha salido rebelde a Dani! je je
Creo que ha empezado a reaccionar…………
Ahí, ahí… de esa caña hay que darle a Daniela, a ver si se va domesticando, que parece Kaspar Hauser.
De postre no les vendría mal una sesión de fotos de cuando las gemelitas eran pequeñas, con sus papás y abuelitos, …para chinchar un poco.
por fin…..a ver si va reaccionando por dios….
A ver, Caro está quemando últimos cartuchos.