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La Playa (VIII)

Por Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez
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Caro siguió a Dani hacia la casa, alcanzándola antes de cruzar el paseo.

- ¿Sabes que esta playa es famosa por la cantidad de conchas raras que tiene? Aquí cerca hay un taller de manualidades para hacer cosas con ellas; sólo funciona en verano, así que debe de estar a punto de abrir si es que no ha abierto ya. Yo hice dos velas con conchas pequeñas, están en la sala, encima de la chimenea. Si te interesa hacer algo, podemos ir un par de tardes o las que quieras. La señora que lo atiende, Lola, es muy amable, ¿te apetecería? Vale la pena ir solamente por ver el sitio: tiene un Nacimiento hecho de conchas que es una maravilla, y vende joyas diseñadas por ella también. Lola es toda una artista.

Daniela seguía sin decir nada y Caro se quedó callada, preguntándose si estaría agobiando a la niña con tanta información.

Una colega del trabajo le había comentado que los niños son muy curiosos y quieren saberlo todo;, tanto, que hay una época en su vida que se pasaban la vida preguntando “¿por qué?” a todo, incluso por las cosas más inexplicables; y que tras un “¿por qué?” venía otro. Claro que Carolina no sabía si esa etapa en la vida de los niños era de pequeños, de adolescentes o de mayores; no tenía ni idea.

Decidió esperar, a ver si la niña preguntaba algo o si tenía deseos de mantener una conversación, porque la verdad, ella ya se estaba hartando  de sus monólogos.

- Lleva la toalla al tendedero de la parte de atrás y tiéndela estirada. Toma, lleva también la mía. Voy a hacer al comida, tú puedes hacer lo que quieras.

Caro se dirigió a la cocina molesta consigo misma por enfadarse, pero la verdad es que sí, que estaba enfadada, y bastante.

El mutismo de la niña la estaba sacando de sus casillas, y en ese momento prefería no tenerla delante para no enfadarse más.

Abrió el frigorífico, y sacó unos boquerones en vinagre que Adela le había dejado preparados. Aquella chica era una joya y tenía una mano para los boquerones que ya quisiera ella; a Caro siempre le quedaban duros.

Se puso un delantal con dibujos de conchas de mar, puso una olla con agua a hervir para hacer pasta, pasta con jamón, como hacía su abuela. No conocía a nadie que no se derritiese por aquella comida, y creía que a Daniela le podía gustar. Abrió la ventana de la cocina y se puso a mirar el patio que tenía delante, cercado por un muro. A lo mejor a Dani le apetecía comer allí, en la mesa de teca bajo el toldo azul de rayas.

Llevó los platos fuera, un mantel amarillo con cerezas rojas, servilletas de papel, los boquerones en vinagre y…

- ¡Vaya por Dios, no he comprado el pan! – Caro hablaba en voz alta, contrariada. No le gustaba comer sin pan y menos cuando había boquerones. Se quitó el delantal, apagó el fuego y se dirigió a las escaleras.

- ¡Dani! Tengo que salir a por el pan! ¿Quieres venir conmigo?

Pero Dani no contestaba y Caro no tenía ganas de subir las escaleras, así que dejó una nota sobre la mesa de la cocina, y salió corriendo a la tahona que había al final de la calle.

No pensaba tardar mucho porque, por la hora, no debía de haber cola en la panadería. Caro nunca compraba el  pan allí porque lo cogía en una tienda cercana al laboratorio cuando salía de trabajar.

Entró corriendo y le abrumó el olor a pan recién hecho; en la panadería no había nadie más que la dependienta.

- Hola, ¿me pone una barra?

- Hola, ¿baguette, integral, bastón, de leña, sin sal, artesana, italiana?

Caro se quedó perpleja; ella siempre pedía “una barra” en la tienda y eso le daban, pero aquello se salía de sus conocimientos, más bien escasos, sobre las variedades de pan que había en el mercado.

- Ehhhhhh… ese. – Dijo, señalando una barra que tenía buena pinta.

- Un bastón, aquí tiene. Son noventa y cinco céntimos.

- ¡Qué barato!

La chica sonreía.

- Eso no es lo que dice la mayoría de la gente.

Caro iba a decir que ella pagaba un euro veinte por una barra pequeña de consistencia chiclosa, pero se abstuvo.

- Gracias.

Caro cogió la vuelta, su barra y salió corriendo a la casa.

Entró y llamó a la niña.

- ¡Dani, ya he vuelto!

Dani seguía sin dar señales de vida. Caro dejó el pan encima de la mesa de la cocina, volvió a encender la vitrocerámica para seguir calentando el agua, y subió a ver qué hacía la niña, abriendo sin llamar la puerta del dormitorio.

Dani se había acostado en la cama, en la misma posición fetal de siempre, de cara a la pared.

Y Caro, sin saber muy bien qué hacer, cerró la puerta del dormitorio y la dejó sola.

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Comentarios 4 comentarios sobre La Playa (VIII)

  1. rozio dice:
    31 mayo, 2011 a las 15:24

    Se ve que sabes de cocina :-)

    Responder
  2. Matapollos dice:
    31 mayo, 2011 a las 21:24

    Caro, Caro… tómate un Trankimazin, tía, que andas a fume de carozo.
    ¿Y el Hugo, qué? ¿Dónde se mete? Para mí que es jombre casao… Ya podía aparecer con unas pastas o algo… :)

    Responder
  3. Avatar de Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez dice:
    31 mayo, 2011 a las 21:30

    ¿Por qué? ¿Por comprar pan?
    Hugo está desaparecido en combate. Ya sabes, algunos, cuando hay problemas, desaparecen…

    Responder
  4. Matapollos dice:
    31 mayo, 2011 a las 21:47

    Es que hace falta ser burra para pagar 1,20 por una barra… ni en la gasolinera… Es que parece el Zapatero con el precio de los cafeses… Qué no se entera … slow, Caro, slow…

    Responder

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