La Bajamar
Cris y Dani bajaron riendo y hablando las escaleras.
Javier y Caro las miraban, el primero pensando en lo bueno que es tener amigos cerca, y la segunda en cuándo podría ella estar así con la niña. Daniela parecía otra niña, con aquella carita risueña y sonriente.
Cruzaron la calle sin decir palabra, Carolina absorta en sus pensamientos, Javier respetando su silencio.
- ¿Cómo es? Quiero decir Marcia, ¿cómo es?
- ¡Oh! Es muy desenvuelta, libre, independiente. Le encanta la vida de entrar y salir sin ataduras. Le encanta la gente, las fiestas, la vida social. Es un ser que vive la noche; yo no puedo, yo soy de día. Con ella siempre te lo pasas bien, es una de las personas más divertidas que conozco. Y activa, es capaz de agotar a cualquiera con su vitalidad. Rafa decía que simplemente mirándola ya se cansaba, y es que no sabe estarse quieta, ¿sabes? Le encantan las zanahorias y el apio crudo, se puede pasar el día con una rama en la boca. Ella dice de si misma que es un roedor eficaz, y es una buena definición: se come la vida a bocados. Hace mucho que no la veo; espero que no haya cambiado. A lo mejor resulta un poco abrumadora para Daniela, pero una cosa es segura: con ella no se aburrirá.
Llegaron a la playa y dejaron las cosas tiradas en la arena: las niñas corrieron al agua y Caro fue hacia las rocas; le encantaba estar allí metida, en medio de los charcos que dejaba la bajamar. Para Carolina, aquellas pequeñas piscinas eran como su propio hogar; un hogar lleno de vida y vitalidad que la invitaba a pasar allí todo el tiempo que podía.
Javier la siguió.
- ¿Es seguro, dejar todas las cosas ahí sin vigilancia?
- No pasa nada; es una playa pequeña y nos conocemos todos. Además – Caro hizo sonar una cadena que llevaba al cuello, con las llaves colgando, – tengo las llaves aquí. En la bolsa no hay nada más que toallas y crema solar. ¿Tienes algo de valor allí? Tráelo, por si acaso no lo dejes.
- De acuerdo.
Javier se volvió corriendo hacia las toallas y Caro se agachó, buscando animales que pudiesen satisfacer su curiosidad.
Buscó una rama y empezó a remover algas; al instante, un par de cangrejos furiosos salieron de su escondite; Caro los cogió con cuidado y los depositó en un recipiente pequeño que había llevado consigo.
Cris y Daniela vinieron corriendo, seguidos de Javier.
- ¿Qué has encontrado? – Cris asomaba la cabeza en el recipiente, curiosa.
- Un par de Carcinus Maenas; cangrejos normales y corrientes que aún no han alcanzado la edad adulta.
- Son muy voraces, ¿sabes? Comen todo el tiempo. Me lo dijo mi madre ayer. – Dani presumía de sus conocimientos, pero al ver la cara de su madre bajó la vista, avergonzada.
Caro sonrió, pero no hizo comentario al respecto.
- Sí, es verdad. ¿Queréis ver si encontramos peces?
- ¡Sííííí!
Javier se unió a los gritos de Cris, pero Caro no oyó la voz de Dani en el medio de las voces. Varios niños se acercaron a curiosear en el balde que estaba a su lado.
Caro se agachó y volvió a meter el palo en las hendiduras de las rocas, haciendo salir un pequeño pez que capturó con alguna dificultad.
- Es un Gobius Cobitis, ¿veis? un gobio de roca muy común en estas aguas. Es muy fácil encontrarlo en las rocas cuando baja la marea, porque le gustan las aguas con poco fondo; normalmente menos de cinco metros. Como los carcinus, es también muy voraz. Su coloración es gris, olivácea o azulada, con manchas oscuras, ¿veis? – Caro señalaba las manchas del pequeño animal que tenía en la palma de la mano con un poco de agua. – Fijaos en sus aletas, donde las manchas oscuras se organizan en bandas. Su cuerpo es macizo… – De repente se interrumpió, levantando la vista. Javier, en cuclillas a su lado, la miraba sonriendo; el resto de los niños había dejado de prestarle atención. Caro enrojeció. – Lo siento, ya me he vuelto a dejar llevar por mi pasión. – Depositó al pez en su charca. – Hasta luego, amiguito; cuídate mucho, ¿vale? – Luego cogió los cangrejos y los dejó en el mismo sitio, vaciando el agua del recipiente. – Lo siento, pero me apasionan estos animales; me encantaría que el resto del mundo los aprendiese a amar para que los respetasen. Me horrorizan esos niños que los cogen y los dejan morir en la caldeada agua de sus cubitos de playa con el beneplácito de los padres; es una tortura para esos pobres animales. Una cosa es cogerlos para verlos; otra es matarlos por diversión.
- ¿Y qué hay de la comida?
- Nosotros somos depredadores naturales, y estamos en la cadena alimenticia por encima de ellos; es normal que los comamos. Pero torturarlos, ¡por favor! No es necesario. De todas formas, yo no como ningún tipo de cangrejos. Ni pulpos. Sería como comerme a un amigo, no podría.
- ¿No te comerías a ningún amigo?
- ¡Claro que no!
- Pues yo podría devorarte.


jejejeje, empezamos!!!!!!!
Pero…, vamos a ver, esta Carolina, una de dos, o es cortita o es mentirosa… ¿es que sólo se come los cangrejos hechos paté en bocata cuñadero o es que quiere, ni más ni menos que impresionar al chiquillo? Por Dios, por Dios… ¡hay que ver qué gente!
Caro, Caro… que te vas a quedar sin merendar… ya verás, ya…
¿Y a mi por qué me sale este post antes que el penúltimo publicado?
¡¡¡¡CEJOOOOOTAAAAAAAAAA!!!! Socorrooooooooo!!!!!!!!
Y Dani va fenomenal… parece que ya empieza a sentirse querida la pobrecita.
No te preocupes… tú di que es un flashback y ya entendemos.
Arreglado, y lo hice yo solita.
¡Cejota! Ya puedes volver al trabajo, cielo mío…
Menudo psicólogo! ahora quiere devorar a la única persona que tiene Dani en este mundo, ainsss
No lo pilláis. Está claro que podría devorarla porque en esos momentos tenía hambre y no bajó el bocata a la playa… ¿qué otra cosa podría ser?
Jú! busca “playacon” y métele un espacio.
Es que sólo piensan en una cosa, y por una vez no es comida.
Arreglado. Thanks.