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La Ayuda (VIII)

Por Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez Julieta Valcárcel-Ríos Domínguez
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Ricardo se acercó a Caro, cogiéndola de la mano.

Carolina, que el único contacto que había tenido con niños era con su arisca hija, se quedó sorprendida, sin saber muy bien cómo reaccionar.

- Mi madre dice que vas a invitar tú a la pizza, ¿es verdad?

Caro sonrió.

- Claro; vosotros sois amigos míos y a los amigos hay que cuidarlos.

El niño se quedó pensativo unos momentos.

- Pero si somos amigos, ¿cómo es que no nos conocíamos antes?

Caro se quedó sin saber qué decir, pero Cristiana, acostumbrada a contestar a las preguntas del pequeño, lo hizo con toda la naturalidad del mundo.

- Bueno, Ricardo; piensa en el primer día que fuiste al cole. Allí no conocías a nadie, ¿verdad? Y sin embargo, cuando saliste por la puerta, dijiste que Adrián era tu mejor amigo del mundo.

A Ricardo se le iluminó la cara.

- ¡Es verdad! Adri es el amigo más amigo que tengo. Es el mejor jugador del fútbol del mundo, y si le salen cromos repes, primero me pregunta a mi si los quiero.

Y soltándose de la mano de Caro, salió disparado a coger su mesa favorita en la pizzería.

- No estás muy acostumbrada a tratar con niños, ¿verdad?

Cristiana se sentó enfrente de Caro, mientras les decía a los niños que cogiesen otra mesa.

- Pues no; soy bióloga marina y trabajo en “Altasa”.

- ¡Ah, sí! La fábrica esa de las afueras.

- Es un laboratorio, aunque también fabricamos medicamentos. Estoy divorciada y los pocos amigos que tengo no tienen hijos. Mi trabajo me apasiona y me paso las vacaciones haciendo estudios sobre moluscos y crustáceos por todo el mundo. Doy conferencias sobre mi trabajo, pero desde luego, la gente que está interesada en el tema, no lleva a los niños a las ponencias. Daniela es mi primer contacto con la infancia, y está siendo duro. Claro que yo nunca he tenido paciencia con la gente.

- Pues dedicándote a la ciencia, deberías estar acostumbrada a tener paciencia. No creo que todo eso de “prueba y ensayo” sea algo que salga a la primera.

- No, claro que no; pero las personas no son lo mío.

- Pues yo te veo una persona muy centrada y agradable.

- Eso es que no me conoces.

- También es verdad. – Cristiana reía. – Primera lección: En un restaurante tipo pizzería o comida rápida, deja a los niños en una mesa aparte; se sentirán importantes y les darás intimidad. Mira a tu hija.

Daniela reía mirando a los hermanos; los niños, peleándose por coger el menú, se llamaban de todo mientras tiraban del cartón cada uno por un lado.

- ¿No vas a intervenir? – Preguntó Caro, al ver la pelea de los hermanos.

- ¿Yo? No. Es la ley del más fuerte. Cris ganará la partida y Ricardo vendrá llorando; entonces le dejaré tomarse un refresco en vez de agua y todo quedará en nada, ya lo verás.

No había ni terminado de hablar, cuando el pequeño se acercó llorando a su madre, que lo cogió en brazos y le preguntó toda seria qué le pasaba.

- Es que Cris ha cogido el menú y me dice que soy un pequeñajo que no sé leer, y sí que sé, y es una mandona y siempre hay que hacer lo que ella quiera. – A Caro le daba lástima ver a Ricardo llorando con tanta pena, pero Cristiana sacó un pañuelo, le limpió la cara, le sonó la nariz y le besó, mientras bajaba la voz con acento conspirador.

- Bueno, ya sabes que Luis dice que ella es la pequeñaja, y además, hoy te voy a dejar pedir un refresco para ti solito, si tú quieres, ¿te apetece?

El niño dejó de llorar al momento, y empezó a dar saltos de alegría.

- ¿Puedo tomar fanta de naranja?

- Sí; hoy sí.

- ¡Vivaaaaaaa!

El niño se puso a bailar una especie de danza guerrera, abrazando a su madre, que reía ante las muestras de cariño de su hijo. Tan pronto como se soltó y  fue a comunicarle a los niños su buena suerte, Crisitana se dirigió a Caro.

- ¿Ves? Simplemente tienes que compensar por otro lado. No es tan difícil, lo conseguirás.

Y Caro, tragándose el nudo de la garganta, la creyó.

 

 

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