La Ayuda (IX)
Mientras mordisqueaba su trozo de pizza, Caro observaba a Daniela. La niña, aunque no mantenía una conversación activa con los niños, reía y se veía claramente que disfrutaba con la compañía infantil.
Niños. Estaba claro que Daniela necesitaba la compañía de niños. Y también algo de ayuda adulta, mejor si era de un psicólogo. Ella ya no sabía qué más hacer. Estaba convencida de que, al volver a casa, todo volvería a ser como antes.
- Oye, Cristiana. ¿Y tú, a qué te dedicas?
- Soy profesora de música del instituto; me apasiona la música. Soy también la directora de la banda infantil del pueblo; la hemos formado en el centro cívico.
A Carolina se le iluminó la cara.
- ¡Daniela! ¿Sabes que Cristiana es profesora de música? – Y mirando hacia su nueva amiga, añadió: – Daniela toca el chelo, como hacía su padre. Y creo que lo hace bastante bien. Su padre era todo un virtuoso; a lo mejor has oído hablar de él; se llamaba Rafael Suárez.
Cristiana la miró, asombrada.
- ¿Daniela es hija de Rafael Suárez? El día de su muerte, este país perdió al más grande concertista de chelo de su historia. Si la niña tiene la mitad de talento que su padre, será más que suficiente. Así que su madrastra era Mayte Zúñiga, ¿no? ¡Vaya! No sé qué decir.
- Ambos eran muy buenas personas. Yo no entiendo nada de música, pero tenían que ser buenos para llegar al nivel al que habían llegado. Ahora Daniela no se despega de su chelo. Todavía no la he oído tocar, pero lo tiene apoyado en su cama, y no sabes el dineral que tuve que pagar para traerlo en la cabina del avión; no me dejó facturarlo.
- Para un músico, su instrumento es pare de sí mismo; no me extraña que la niña no quisiese desprenderse de él. Daniela, ¿sabes que este pueblo tiene una banda infantil de música? Tu madre me dice que sabes tocar el chelo. No tenemos ningún chelo en la banda; a lo mejor te interesa entrar. Cris también forma parte, ¿verdad, Cris?
Con la boca llena de pizza, Cris asintió.
- Ajá. Oco el aó.
- No hables con la boca llena.
- Toco el fagot.
- No tragues la comida sin masticar.
- ¡Jooo, mamá! ¿Cómo quieres que conteste?
- Masticas, tragas, te limpias y contestas. Carolina no se va a marchar sin oír lo que tienes que decir. ¿Qué, Daniela, te gustaría hacer una audición?
Al ver la cara de pánico de su hija, Caro fue a echarle una mano.
- Daniela aún se está habituando a la rutina; llegamos ayer. Aún tiene que coger fuerzas y hacerse con las casa y el pueblo, y seguir con las pruebas médicas. Supongo que la banda no actuará en verano; quizás para septiembre podamos hablar de audiciones, ¿verdad, Dani?
- Claro, claro; no hay prisa. En verano no hay banda, porque muchos niños se van de vacaciones o de campamento, y yo me dedico a mis hijos.
- Desde luego, te admiro: trabajas, tienes tres hijos con los que da gusto estar e irradias felicidad. No debe de ser fácil.
- No lo es; pero no tengo tres hijos; el cuarto viene en camino.
Caro la miró, asombrada.
- ¿Y… es deseado, o es accidente? – Caro temió hacer una pregunta tan personal a alguien a quien acababa de conocer, pero no conocía a nadie que tuviese más de un hijo, salvo Rafa y Mayte, que habían tenido dos.
- Deseadísimo; es otra niña. Mi marido está encantado y yo también; nos encantan los niños.
Y Caro, que nunca había sentido la llamada de la maternidad, sintió, allá en lo más profundo de su vientre, una punzada de envidia.


!!!!!!!! Madre mia ya va por el cuarto, eso si que es que te gusten los niños….!!!!!!!!!!!!!!!! y encima trabaja fuera de casa………..
¡Y que lo digas! Yo tengo dos, soy ama de casa, y la mitad de los días los asesinaría…