La Ayuda (III)
- Adelante. – El pediatra se puso en pie y extendió su mano hacia Caro, estrechándosela con fuerza. – Señora García…
- Carolina
- Carolina entonces. He leído el informe que me mandó hace unos días sobre la niña. ¡Pobrecilla! Pero siéntese, por favor.
Caro tomó asiento en una de las dos butacas acolchadas que quedaban enfrente de la mesa del médico.
- Bueno, la verdad es que quería hablar con usted porque en ese informe sólo hay un historial médico, pero la historia de la niña no la conoce, y creo que mi deber es contársela, para poder entender un poco la situación.
El pediatra levantó una ceja, sorprendido. Era un hombre alto, de complexión delgada, con el pelo completamente rapado. Se sacó las gafas y comenzó a limpiarlas.
- Adelante, le escucho.
- Bueno. Daniela es mi hija, pero la verdad es que no nos conocemos; su padre y yo nos divorciamos cuando ella era un bebé de pocos meses; la custodia la tuvo él. Es, o era, muy buen padre y yo, francamente, soy una madre pésima. Sabía que para la niña era lo mejor, y renuncié a ella. Bueno, su padre y yo seguimos siendo muy buenos amigos, y todas las noches me mandaba un correo dándome el “parte del día”, como él lo llamaba, pero si he de ser sincera, lo leía por encima, y a veces ni eso. – Sin saberlo, Caro se estaba confesando. – Rafa, el padre de Daniela, se casó con otra mujer que ha sido la verdadera madre de la niña. Tuvieron otra hija, Lara, que también falleció en el accidente. A mi me llamaron y fui a cuidar de ella; ahora vive conmigo. Desde que despertó del coma, Daniela no habla. – al ver el gesto del pediatra, Caro levantó las manos, tranquilizadora. – ¡Oh, no, no piense que no puede, es que no quiere! A mi me ha dirigido la palabra un par de veces: la primera vez fue para recalcarme que yo no era su madre (eso fue ayer, al venir de viaje) y la segunda fue hoy, donde me dijo que ojalá me hubiese matado después de arrojarme la lámpara de su mesilla de noche. Después de este… incidente, por llamarlo de alguna manera, le di una tremenda bofetada. No me he parado a mirarla mucho; así que si encuentra una marca en su mejilla izquierda, no es del accidente, fui yo. – El torrente de palabras de Caro no paraba; había hablado más en los dos últimos días que en toda su vida junta. – Otra cosa. No es que yo no quiera tener a la niña; me la he traído a vivir conmigo, y la cuidaré hasta que ella quiera. Pero el caso es que a lo mejor ella no quiere y prefiere irse a una casa de acogida: yo no la voy a frenar. Si se lo pide, por favor, dele la opción de irse. Yo firmaré lo que haga falta. Todo lo que quiero es que sea feliz, y no parece que lo sea conmigo.
Y Caro cerró la boca, bajando la cabeza. Creía que ya lo había dicho todo.
- Bueno, la verdad es que me ha dejado anonadado. Yo no soy psiquiatra, pero creo que puedo asegurarle que su hija está enfadada con el mundo, y lo está pagando con usted. Es lógico que esté enfadada, al fin y al cabo lo ha perdido todo (¿quién no se enfadaría?). Muchos adultos, ante una pérdida semejante, se dan a la bebida, o se intentan suicidar, y todos, absolutamente todos, necesitan atención psicológica. Daniela necesita ayuda profesional, y creo que a usted no le vendría mal tampoco. Yo curo el cuerpo, no el alma. Le diré lo que voy a hacer: Primero le haré un reconocimiento físico y usted estará delante; después, saldrá y esperará en la salita; voy a intentar hablar con ella a ver si puedo sonsacarle algo. – El pediatra apretó un botón que sonó lejano, en alguna parte de la consulta.- Después, volveré a hablar con usted. – Al momento apareció la enfermera, con Daniela de la mano.
El pediatra se puso en pie y extendió la mano, tal y como había hecho con Carolina.
- ¡Hola! Así que tú eres Daniela, ¿verdad? tenía muchas ganas de conocerte. – Al ver que la niña no le cogía la mano, la retiró. Caro iba a decirle algo a la niña, pero el pediatra la hizo callar, con un gesto. – A ver, ¿me dejas que te eche un vistazo? Ven, túmbate en esa camilla, voy a verte los puntos de la frente.
Daniela fue hacia la camilla y Caro la siguió, acariciándole el pelo cuando se acostó. La niña apartó la cabeza y Caro bajó la mano, sin saber muy bien qué hacer con ella. Se puso a jugar con el cierre del reloj.
- ¡Mmmmm… Ajá! Te voy a sacar la mitad de los puntos hoy, y en unos días te quito los otros, ¿te parece bien? No te voy a hacer daño, no te muevas de aquí. – Se separó de la camilla para coger el instrumental de una mesa cercana. – Volvió al lado de la niña, mientras le contaba cosas para entretenerla.
- ¿Y qué, Daniela, te gusta vivir aquí? Tenemos unas playas preciosas, ¿te gusta ir a la playa?
Daniela no contestaba. Con los ojos abiertos, miraba al vacío, casi sin pestañear.
El pediatra no parecía hacerle daño, porque la niña parecía relajada.
- ¿Te hago daño, Daniela? – La niña negó con la cabeza, casi sin darse cuenta de lo que hacía. – Vaya, me alegro. Bueno, esto ya está. Si te quitas la ropa, podré examinarte mejor. – Daniela se quitó la camiseta y el pantalón de peto; así sin ropa, se veía escuálida y desvalida. – Estás muy delgada, ¿cuánto pesas? – Cogió los papeles que le había entregado la enfermera y echó un vistazo. – Sí, te falta peso, y bastante.
- Perdió mucho en el hospital; nunca fue una niña gorda, pero desde que salió, a veces me cuesta Dios y ayuda conseguir que coma algo.
El pediatra se volvió a Daniela, mirándola muy serio y la niña, avergonzada, miró hacia otro lado.


Pues nada, a recetar un Trankimazín para la Caro y un Bollycao para la chiquilla…y mañana será otro día.
¡¡¡Ayy… ésta Caro…!!!
Mi hija pequeña dice que la pueden llevar al McDonald´s, que allí engorda fijo. No sé, no sé, seguro que en el centro comercial ese hay algo de comida basura. ¿Qué centro comercial no lo tiene?
pobrecilla….como dice el doctor Suquía….a ver si consigue hacerle hablar.
los hijos: tantos deseos de que hablen, y después más ganas de que estén callados
uffffff, ju el siguiente post no lo publiques solo por favor, espera a tener todos en los que el pediatra hable con daniela y despues con carol y los publicas juntos…..anda……..