La Playa
- Buenos días, Hugo.
- ¡Carolina! ¡Hola! ¿ya estás de vuelta? Creía que estabas preparando todo para marcharte.
Caro entró en el despacho, cerró la puerta despacio y fue a sentarse en una de las dos butacas de cuero marrón que tantas veces había ocupado antes.
- Ya ves; acabamos de llegar. Hoy hace tres días que Daniela salió del hospital y aún no está recuperada del todo. Tiene muchas secuelas psíquicas. De eso precisamente…
Hugo la interrumpió.
- Pero está bien, ¿no? ¿Podrá acompañarte?
Caro se pasó la mano por el pelo.
- Es que… Verás, físcamente está bien, pero no está recuperada. Tiene muchas pesadillas, no habla y apenas come. Parece que vivir le importa un pepino.
- Pues si está bien no pierdas más tiempo. El tiempo no corre a nuestro favor. Diles a los de asuntos económicos que te den una visa para imprevistos, y a ver si puedes estar allí en un par de días. ¿Comemos juntos?
- Hugo, estoy intentando decirte que no voy a ir. No puedo hacerme cargo de esa investigación.
Hugo se puso en pie de un salto.
- ¿Qué? ¿Estás loca? ¿Tú sabes lo que me ha costado que los militares nos diesen el proyecto a nosotros y no al grupo “Zen”? No puedes echarlo todo por la borda sólo porque Manuela esté tocada. – Hugo paseaba nervioso por el despacho, con las manos en la espalda y el entrecejo fruncido. Caro sabía que estaba de muy mal humor.
- Mi hija se llama Daniela y no está tocada. Sólo es una niña confundida que lo ha perdido todo; yo no puedo dedicarme a la investigación y hacerme cargo de ella. Lo siento pero es imposible.
- ¿Y ahora qué hago?
Caro se puso en pie.
- Cualquier otro vendería su alma por ir en mi lugar. Mi maletín con los papeles está en mi despacho; no tengo inconveniente en dárselos a quien quiera ir.
- Pero fuiste tú la que me pidió este proyecto, Carolina.
- Y a lo sé, pero eso fue antes del accidente. Ahora no puedo, ni debo, ni quiero. Tienes que entenderlo. – Caro se levantó, dispuesta a irse. Hugo la frenó.
- Otra cosa. No tenía previsto convertirme en padre, Carolina. No me gustan los niños.
Caro se dio la vuelta y lo fulminó con la mirada.
- No recuerdo haberte pedido que te involucres en este proyecto, Hugo. Cuando quieras, puedes pasar por casa a recoger tus cosas. Deja la llave en el buzón. – Caro se levantó y salió, dando un fuerte portazo.
Por el pasillo venían dos de los becarios, Méndez y Garcés (Marta y Anselmo), cada uno con un vaso de café de la máquina de la entrada.
- Buenos días, Caro… Menuda cara traes. ¿Qué tal tu hija?
- Bien gracias. Hugo está buscando candidatos para ir a la isla en mi lugar; encima de la mesa de mi despacho está mi maletín con los datos de la investigación para quien lo necesite.. Creo que el jefe admite voluntarios.
Caro siguió andando y volvió la cabeza atrás para ver, sonriendo, como sus colegas salían a todo correr hacia el despacho del jefe. Los dos eran buenos en su trabajo y estaban deseando un empujón que los afianzase en su carrera.
Bueno, el día no iba tan mal. Su hija no le hablaba, acababa de rechazar el mejor proyecto de su carrera y había terminado su relación sentimental en menos de un minuto. Vale, había sido una mañana perfecta.
Necesitaba aire, aire puro, así que cogió el jeep y condujo hasta el mirador del pueblo. Allí abajo, enterrados en la arena, quedaban los sueños de su vida.
Su realidad estaba en un chalet adosado de las afueras, y se llamaba Daniela.


Ole, Caro. Así se hace.
Bien por Caro, le ha puesto en su sitio, lo que mas me ha gustado es !!! Ahora no puedo, ni debo, ni quiero.!!!! que bueno,…. me empieza a gustar esta Caro.
Parece que Caro empieza a coger adeptos…
jejeje, que se cree este hombre??? que está por encima de un hijo……jajajaja, nunca!!!!
Jamás, Vane.