La Playa (III)
Caro se cambió en un minuto. Cuando salió, se encontró a la niña sentada en su cama, con el bañador puesto.
- “¡Bien, una victoria!” – pensó; aunque ni se le pasó por la cabeza decirlo en voz alta.
Daba pena ver a Daniela en bañador; estaba tan pálida y delgada que incluso por debajo de la tela del bañador se le notaban las costillas. A Caro le dio pena.
- ¿Sabes qué, Dani? Hoy no vamos a estar mucho rato ni nos quitaremos las camisetas; es nuestro primer contacto con el sol y no quiero que nos quememos. Daremos paseos por la orilla, hay marea baja, ¿te apetece?
Daniela se puso en pie pero no dijo nada. Parecía dispuesta a no mostrar resistencia, pero seguía con aire ausente.
- Toma, ponte crema en la cara. Lleva una visera, ¿tienes una? Aún tienes muchas cicatrices frescas y no es bueno que les dé mucho el sol. De todas formas, no estaremos mucho rato: una horita a lo sumo. Voy a coger una botella de agua, te espero en la cocina.
Caro bajó a la cocina y cogió la botella; se preguntaba canto tiempo tendría que esperar.
Al cabo de un rato bajó Daniela, con el bote de crema en la mano y con señales evidentes de haberla usado.
- Ven acá, anda, que tienes la crema mal extendida. – Caro estiró la mano para extender las marcas blancas de la crema, pero Daniela la apartó de un manotazo. Caro cogió aire, dispuesta a contar hasta un millón con tal de no enfadarse.
- Bueno, vete como quieras. Es tu cara, no la mía. – Y saliendo delante de la niña, abrió la puerta de la calle para ir a la playa.
El adosado de Carolina estaba en una urbanización a las afueras de la ciudad; era una urbanización bastante nueva, y su casa se encontraba en primera línea de playa; sólo la carretera y el paseo marítimo la separaban de ella. Un lugar paradisíaco para vivir en verano, y tranquilo en invierno. Casi todas las casas eran de veraneantes, aunque había varios vecinos que vivían allí todo el año.
Los turistas empezaban a llegar a cuentagotas. Aún quedaban días para empezar la temporada alta y sólo habían llegado los que tenían niños muy pequeños y los jubilados.
- Mira, Dani, siempre me pongo justo delante de la casa. Ayer seguro que no te fijaste y ahora puedes ver la urbanización desde aquí. Nuestra casa es ésta, ¿ves?, el número quince. Desde lejos la reconocerás porque tiene una veleta en forma de albatros. No hay otra veleta con esa forma en toda la urbanización. La compré en las Islas Galápagos hace dos años, cuando fui a hacer una investigación sobre los tipos de calamar preferidos de los albatros. ¿Sabes que a los albatros les encantan los calamares? A mi también.
Daniela seguía mirando al suelo, pero Caro no quiso insistir más, confiaba en que la niña, por lo menos, le habría prestado atención.
- Ven, anda. Vamos a dar un paseo por la orilla.
Y Caro se quitó el calzado dejándolo junto a la toalla, mientras pensaba en lo dura que era la tarea se ser madre.


Pues solo está empezando……lo que le queda
por cierto, un post al día no me llega a nada ju….joooo
¡¡Anda que la jambre que estoy pasando yo….!!!
Me parece a mí que ésta historia vamos a tener que saborearla más que la otra… Está bien así… suave, suave…
aaaaahhhhhhh
Ya veo que los chillidos no se dan sólo cuando os dais un bañito… No sé si alegrarme o cabrearme.
Esta va despacio, despaaaacio. No hay prisa.
Yo sólo puedo repetir que me encanta.
con lo bonita que es la palabra gaviota….
Y lo asqueroso que es ese bicho…
también también…