La Playa (II)
El verano acababa de comenzar, y Caro se preguntaba si sería una buena idea empezar su vida con la niña yendo a la playa; quizás a Daniela le sorprendiesen los cambios de marea.
Subió al jeep y volvió a la casa.
No quería pensar en Hugo; cuando empezó a tontear con él, algo le decía que no era buena idea; pero tanto el uno como el otro eran dos almas solitarias que no necesitaban nada más que una compañía esporádica. Nunca se le había pasado por la imaginación pasarse el resto de su vida con él, aunque estaba cómoda a su lado. Él pasaba algunas noches en su casa y tenía las llaves. Ella, por su parte, odiaba su loft de diseño impersonal con todas sus fuerzas: no iba nunca por allí.
Así que, si surgía, era Hugo el que pasaba la noche en casa de Caro, pero jamás pasaba un día entero: eran amantes, eran amigos, eran compañeros de trabajo. Pero no eran pareja.
A decir verdad, tampoco le parecía buena idea que siguiese apareciendo por la casa ahora que Daniela estaba allí, esa no es vida para una niña. Lo que le había dolido era la forma de decirlo. Eso, y lo de insultar a su hija.
Puede que ella no fuese la mejor madre del mundo, pero bajo ningún concepto consentiría que nadie se metiese con Daniela.
Mientras conducía, se preguntaba si habría perdido, además de su intimidad, su amante y la más importante investigación de su carrera, su trabajo.
Bueno, no creía que Hugo fuese tan mala persona. Seguro que mañana todo volvería a la normalidad.
Aparcó al lado de la acera, detrás de su casa. Entró por la puerta trasera y dejó el bolso en el perchero.
- ¡Hola, ya he vuelto! ¿Hay alguien en casa?
Adela apareció, secándose las manos con un trapo.
- Hola Caro. Tu hija está sentada encima de la cama de su dormitorio. He conseguido que deshaga las maletas, pero nada más.
- ¿Se ha duchado?
- Sí, se ha duchado y ha dejado el cuarto de baño hecho un asco; ahora lo estaba limpiando.
- Bueno, no te preocupes. Vete cuando quieras, ¿vendrás mañana?
- Claro, para eso me pagas.
Caro sonrió y subió las escaleras. Llamó a la puerta del dormitorio de Daniela, pero entró sin esperar permiso.
- ¡Hola, Dani! ¿Qué tal la mañana? ¿sabes qué? he hablado con mi jefe y le he explicado que no puedo aceptar el proyecto: vamos a pasar el verano en casa, ¿qué te parece? Dice que le parece una idea genial, y que espera que te guste tu nuevo hogar. ¿Quieres ir a la playa? Seguro que tienes un bañador por aquí. Papá me comentó en una ocasión que nadabas muy bien; ya verás que playa tan bonita tenemos. ¿Has colocado tus cosas?
El monólogo infinito de Caro era olímpicamente despreciado por Daniela, que se había acostado en la cama, de cara a la pared.
Caro revolvía por los cajones y los armarios, encontrando un bañador rojo escondido en una esquina.
- Toma, póntelo. Yo voy a quitarme esta ropa y a ponerme el mío. En el armario del pasillo hay toallas de playa: coge la que más te guste- Ya iba a salir cuando se volvió y añadió – ¡ah! una cosa que se me olvidaba: o vas con el bañador, o te llevo sin él; no es una playa nudista pero a nadie le importará demasiado: tú eliges.
Y sonriendo, entró en su dormitorio, prefería una niña enfadada a una niña indiferente; por lo menos, demostraba que tenía vida.


Me encanta!!!
Me alegro.
¡Coñe… ! A ver ésta tía, tan bióloga ella ¿por qué no le compra un perrito a la niña? Los animalitos hacen milagros.
Joé… que se me encoge el corazón de ver a la niña así tanto tiempo. ¡¡¡Qué dolor, qué dolorrrr!!!
Cierto matapollos…..yo le presto las mias ju………..
De verdad que lo vuestro es de juzgado de guardia.