El túnel (X)
El calor pegajoso del mediodía atravesaba sin piedad las gafas de sol de Caro, a quien le estallaba la cabeza.
Habría dado media vida por una aspirina. Caro conducía despacio, con la cabeza demasiado embotada para poder fijarse en la carretera.
- Y digo yo, ¿quedaríamos muy mal si nos marchásemos en un par de horas? No me siento con fuerzas para aguantar a la gente hoy. Espero que no hay muchos niños gritando por allí… – Caro seguía con sus pensamientos en voz alta, pero Daniela, perdida en los suyos propios, ni siquiera la escuchaba.
Debido a lo avanzado de la hora no encontraron mucho tráfico, y en menos de diez minutos ya habían llegado a las puertas de la finca de Cristiana.
Caro no sabía si hacer sonar el claxon para meter el coche, o dejarlo allí aparcado y entrar a pie en la finca. Optó por lo segundo.
- Anda, Dani, baja. Hemos llegado.
Caro llamó al telefonillo, que sonó lejano, en la casa.
- ¿Sí? – Una voz masculina desconcertó a Caro.
- Hola, buenas. Eeehhh, soy Carolina, madre de Daniela Suárez. Cristiana nos ha invitado hoy a comer aquí…
Se oyó un zumbido y la puerta se abrió. Carolina entró en la preciosa y cuidada finca de su amiga, donde varios coches aparcados y un montón de niños corrían por todos lados.
Una pequeña figura con un bañador rojo llegó corriendo a saludarlas.
- ¡Hola Carolina, hola Daniela!
A Caro, los gritos de Ricardo le taladraban el cerebro. Sacando fuerzas de flaqueza, sonrió.
- Hola Ricardo, ¿qué tal?
- ¿Por que no metes el coche como todo el mundo?
- Porque nadie me ha dicho que meta el coche.
- ¡Ah, vale! ¿Sabéis qué? ¡Mamá ha invitado a Adri! – Y después de gritar de contento, salió pitando a buscar a su amigo.
Caro, incómoda, fuera de ambiente y sin conocer a nadie, siguió andando, seguida de Daniela.
- ¡Hola, no sabía que habías llegado! – De un lateral, Cristiana venía con un bebé en brazos. – ¡Hola Dani! Cris lleva horas preguntando por ti. ¡María Cristina, ven a buscar a tu amiga! – Cris llegó gritando de alegría, seguida de dos niños más o menos de su edad.
A Caro el dolor de cabeza le daba náuseas, y los gritos lo agudizaban.
- Dani, está el sol muy fuerte ahora; no te quites la camiseta y ponte crema, ¿vale? Recuerda lo que dijo el pediatra; no te quites la visera, que no te dé el sol en la cara. – Daniela se iba ya con su amiga, y Caro se volvió a Cristiana. – Por favor, dime que ese niño no es tuyo.
Cristiana rió.
- No; es mi sobrino, ¿quieres cogerlo?
Caro negó con un gesto.
- La última vez que tuve un bebé en brazos (y la única), fue cuando me pusieron a Daniela encima después de nacer. No tengo constancia de haberla cogido más veces. Por favor, Cristiana, dime que tienes aspirinas.
- Paracetamol, si te vale.
- Me vale hasta una guillotina. Me estalla la cabeza. Llevo tantos días durmiendo mal que ya no puedo más, y este maldito calor me está matando.
- Vente, anda. Vamos a la casa.
El interior de la casa estaba fresco, y Caro sentada en un cómodo sofá de una sala en penumbra, tomaba la pastilla con un vaso de agua.
- ¿Qué tal el día de hoy?
- Mejor pregúntame otra cosa.
- Vale. ¿Tienes hambre?
- No. Toma, iba a comprar unos helados pero al final no pude, he traído vino.
- ¡Vaya, muchas gracias! Mi marido te lo agradecerá. – El niño se revolvía, inquieto. – Chist, ahora te llevo con mamá. – Miró la agotada cara de Caro. – Oye, Caro, ¿quieres quedarte un rato aquí? Nadie te molestará. No te preocupes por la niña; entre todos la cuidaremos. En cuanto a los helados, mi cuñado ha comprado para acabar con el hambre de Africa, no te preocupes.
- Ya sabes que Daniela no habla.
- No te preocupes, todo el mundo está sobre aviso y Javier nos ha dado unas nociones básicas de comportamiento, que básicamente son dejarla en paz. Solo Cris tiene permiso para presionarla un poco. Haremos una cosa: Tú descansa un rato y si veo que la niña se siente agobiada, vengo a buscarte, ¿te parece?
- ¿No te importa tener a una desconocida rondando por la casa?
Cristiana se echó a reír.
- En esta casa estamos en este momento, quince adultos de la misma familia. No he contado a los niños. ¿Estás segura de que quieres rondar por la casa?
Caro negó con la cabeza.
- Sólo quiero que me pase la cabeza; me estalla.
- Pues échate un rato y descansa; los gritos de los niños no te molestarán porque tienen prohibido entrar en esta parte de la casa cuando hay barbacoa; sal cuando te encuentres mejor. Carlitos, dile adiós a Tita Caro. – Y cogiendo la manita del niño, la agitó al aire. Caro sonrió.
- Hasta luego, Carlitos. Ha sido un placer. Gracias por todo, Cristiana. ¿Sabes qué? Te pega el nombre.
- Eso dice mi padre.

