El Túnel (VII)
Caro entró en el despacho, donde Dani, sentada en la misma silla de antes, leía un reportaje sobre leones marinos con interés. Caro se acercó a ella por detrás, mirando la revista por encima del hombro.
- ¿Te gustan los leones marinos? Ese reportaje es buenísimo; trabajó en él uno de los científicos del laboratorio, ¿ves? – Caro señalaba con el dedo a un chico de pelo cano que aparecía montado en una plataforma con dos hermosos ejemplares. Se hizo en los muelles de San Francisco, en Estados Unidos. San Francisco tiene una importante colonia de estos animales en el mismo puerto, es un espectáculo asombroso. Necesitas un permiso especial para poder estudiarlos de cerca. Adolfo no tiene problema en eso; es uno de los mejores del mundo en su especialidad, y este laboratorio es muy afortunado al tenerlo en plantilla. Las fotos también son muy buenas, ¿ves? Al fotógrafo lo conozco yo, fuimos muy amigos, se llama John… Espera, déjame la revista un segundo. – Caro cogió la revista de las manos de la niña, sin percatarse de su cara de enfado. Pasó las hojas para ver quién firmaba el reportaje. – ¡Ajá! John Statopoulos. Su padre es griego y su madre, inglesa. Vive en Washington.- Le devolvió la revista a la niña. – Puedes llevarla para casa, si quieres. De hecho, vengo a buscar otras revistas; mi jefe me ha dado permiso para trabajar en casa. Así pasaremos más tiempo juntas. – La cara de horror de la niña era todo un poema. – ¡Vaya! Pensé que te alegraría.
Caro revolvía por los estantes y los cajones, y en medio de aquel caos de papeles apareció la agenda. La abrió y allí, en medio de recortes de prensa, marcapáginas, possits y demás, estaba la tarjeta de John. Caro le dio la vuelta; recordaba vagamente que él le había escrito algo allí.
- “También sería tu dirección, si tú quisieras.”
A Caro no le habían dicho nada más bonito en su vida. Cogió la agenda, un montón de revistas, unas carpetas y se puso en pie.
- Estoy lista, Dani. Vámonos. Quiero comprar algo para llevar. ¿Tú que prefieres: helados, pasteles o tarta?
Dani salió detrás de ella sin decir palabra, y Caro no se fijó mucho en la niña mientras saludaba a los trabajadores que se encontraban por el pasillo. El laboratorio era muy grande y había una gran cantidad de trabajadores, la mitad de ellos farmacéuticos, químicos y biólogos.
Caro y Daniela se montaron en el coche, recalentado por el sol.
- ¡Buf! Este coche es un horno.
Los asientos de plástico negro quemaban y Caro, que llevaba un vestido fucsia por encima de la rodilla, sintió el quemazón al sentarse.
- ¡Ay! Dani, por ahí detrás tiene que haber un par de toallas; siéntate encima de una, y pásame la otra, anda, que me quemo.
Pero Daniela, que llevaba unos leggins pirata azul turquesa, se dedicó a mirar por la ventanilla sin dar señas visibles de haber oído a su madre.
Caro se bajó del coche y abrió la puerta de atrás, rebuscando entre la gran variedad de cosas que había tiradas por allí. Cogió una toalla arrugada y cerró la puertas de un golpe seco, mirando a la impávida niña con cara asesina. Prefirió no hacer comentario alguno, ¿para qué?
Con un chirrido de ruedas, cogió la carretera para ir a una gran superficie que había en las afueras, no lejos de la casa de Cristiana.
Entró en el fresco aparcamiento subterráneo y empezó a buscar un sitio; había muchos coches aparcados y no era fácil encontrar un sitio. Después de la experiencia de haber dejado el coche aparcado al sol, no quería volver a aparcarlo fuera si podía evitarlo.
Mientras daba vueltas con el coche, vio un aparcamiento libre en el pasillo de al lado. Pisó el acelerador y fijó la mirada en el hueco vacío.
Mientras maniobraba para aparcar, un pequeño utilitario se metió en el hueco.
Caro tiró del freno de mano y bajó del coche, echando chispas.
- ¡OYE! ¡Quita tu coche ahora mismo de ahí! ¿No ves que estaba maniobrando para aparcar?
Del coche salió el mismo hombre con el que había tenido la bronca una hora antes, que le sonreía, con aire de suficiencia. Con toda la calma del mundo, cerró la puerta del coche y se metió las manos en los bolsillos, mirando para Caro.
El chico era muy alto y Caro, que también era muy alta y no estaba acostumbrada a levantar la vista para mirar a nadie, buscó su mirada, congestionada por la ira.
- ¿No me has oído? ¡Que saques el coche, que ese sitio era para mi!
- No voy a mover el coche; si no sabes conducir, que te den lecciones y ya me puedes agradecer que soy más educado que tú y no hago un corte de mangas. Las especialidades para quien las trabaje. Buenos días.
Y dejando a Caro con la palabra en la boca, la apartó suavemente y se marchó a coger un carro.
Caro estaba al borde de la aplopejía. ¡Pero qué se creía ese imbécil! Se subió al coche y buscó otro aparcamiento sin demasiada suerte; al final, tuvo que aparcar al sol.
- Bueno, Dani. Vamos y acabemos de una vez. Cuanto antes acabemos, antes nos iremos y el coche se recalentará menos.
Caro y Dani estaban sudorosas; el coche no tenía aire acondicionado y cada vez que llegaba el verano se convertía en un horno. Cogió su bolso y una moneda para el carro; ya dentro del local respiró hondo; hacía más fresco y se podía respirar. Hoy iba a hacer un calor de justicia.
- Creo que lo mejor va a ser coger helados, ¿quién es el guapo que va a comer pasteles con el calor que hace? Creo recordar que los congelados están por aquí. Quiero coger también unas cosas para casa; anda, vamos.
Caro no iba mucho a ese hipermercado; las pocas cosas que necesitaba las compraba Adela en el supermercado y ella cogía lo que se le olvidaba en un “seven eleven”.
- A ver… Vamos a coger champú y gel para ti; no sé si usas alguna marca especial o algo, así que vamos al pasillo, y lo que necesites lo pones en el carro, ¿vale? me refiero a cosas que necesites “de verdad”, nada de chorradas.
Daniela metía cosas en el carro y Caro la observaba con disimulo; la niña no metía cosas raras: champú, crema para el pelo, gel, un par de pasadores para el pelo y crema para el sol. Caro no le decía nada porque, aunque eran cosas que había en casa, no eran de esa marca, y ella quería conservar sus preferencias. Además, tampoco cogía cosas excesivamente caras: la niña iba sobre seguro, no vacilaba a la hora de coger.
Iban dando vueltas por los pasillos, y Daniela, de vez en cuando, cogía algo más: sus cereales favoritos (Caro vio con sorpresa que eran tipo muesly), pañuelos de papel, comida mexicana y galletas Oreo. Al pasar por la sección de refrigerados, quiso coger un paquete de salchichas, pero se detuvo, indecisa, entre dos. Caro cogió los dos paquetes y los puso en el carro.
- No te preocupes, podremos afrontar el gasto. Vamos a por los helados, anda.
Carolina, que nunca compraba helados, quedó abrumada ante la inmensa variedad que allí había.
- Daniela, échame una mano, anda. ¿Qué es mejor: tarrinas, de palo, de hielo, de sabores..? – Mientras andaba mirando las diferentes opciones tirando del carro, tropezó con alguien.
- ¡Ooops, perdón! – Levantó la vista, y se encontró de nuevo con el chico del coche.
- Vaya, parece que quiere venganza.
- No sea ridículo. Acabo de tropezar y he pedido perdón. ¿Qué quiere, que me fragele?
- Pues no estaría mal.
- Imbécil. – Caro se dio la vuelta para alejarse de aquel hombre, que la ponía enferma. Ya sabía que el pueblo no era grande, ¡pero tampoco era tan pequeño, caramba!
El hombre la cogió por el brazo.
- Oiga, sin insultar.
Carolina intentó zafarse, asqueada.
- ¿Cómo se atreve a tocarme? ¡Quíteme las manos de encima! – Al oírla levantar la voz, el hombre la soltó y levantó las manos, en señal de paz.
- Perdón.
- Oiga, mire, me niego a seguir hablando con usted. Váyase por su camino y yo iré por el mío, ¿de acuerdo? – Caro buscaba a su hija con la mirada- ¡Daniela! ¡Dani! – La niña levantó la cabeza – Nos vamos.
El hombre la volvió a agarrar.
- Espere…
- ¡Que no me toque! – Caro se soltó retorciendo el brazo, y agarrando a la niña, se encaminó a la salida, abandonando el carro. Daniela intentó zafarse de su madre, que la tenía fuertemente agarrada, pero no fue capaz.
Salieron del hipermercado sin haber comprado nada. Caro iba tan furiosa que se le caían las lágrimas.
El coche ardía al sol y sólo tenía ganas de llegar a casa.
En el asiento de atrás, la triste mirada de Daniela se perdía en las lejanas montañas.


Para mí que este chico es Javier….
yo ya lo dije hace dos capitulos….ainsssssssss, no puede ser que se odien por favor!!!!
¡Qué manía! ¿Y en qué os basáis?
Este va a ser Javier seguro, y espero que la escritora no se nos enfade y nos cambie el argumento, por que me estoy imaginando la cara de Caro cuando se encuentre con el en casa de Cristiana, !!!! suponiendo que sea Javier claro !!!!!!!!!!
Ainsssss, bueno, los amores reñidos son los más queridos deciamos de pequeñas………
No nos lo cambies julietilla, que las lectoras reclamamos que sea javier….jejejejeje
Aaaaaaaaaaaaaaaaaaiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnnnnnnnnnnssssssssssssssssss!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
y cuando nos vas a quitar de dudas????? ainsss, que rollo…..
prometo que el siguiente no lo empiezo hasta que esté acabado ju….ainss, me estoy quedando sin uñas….ejjejejej
Jejeje… a mí entre los leones marinos, los frescores del aparcamiento, los paquetes de salchichas, los calores del coche, los helados de sabores y los tropezones con ese hombre… ya me está dando un nosequé… Creo que voy a esperar para leer varios capítulos juntos… que me va a dar algoooooo…
Sois unas impacientes de cuidado. De verdad de la buena. ¡Si es que no me dais tiempo a nadaaaaa!
titajú, ni caso, tú a tu ritmo… y ya veremos si es javi o paco… lo que está claro es que parece que va a ser un personaje en la novela… y de los que van a estimular a Caro
Ya veremos…. A lo mejor me lo cargo…
qué agresiva!
vaaaaale…. tú mandas
Si es que calientan a una, y pasa lo que pasa.