El Túnel (III)
La despertó un ruido proveniente del piso de abajo.
Caro se levantó despacio, preguntándose si había dejado la casa bien cerrada, o bien había quedado abierta al meter las cajas dentro.
Sin encender las luces, Caro echó un vistazo al dormitorio de Daniela, donde apenas se veía nada por tener la persiana cerrada, aunque sí divisó un bulto encima de la cama.
Bajó las escaleras despacio, pegada a la pared. Sabía perfectamente que el ruido venía de la cocina, aunque no se veía más luz que la que entraba por el ventanal, que no tenía más que tenues visillos blancos que nunca se cerraban.
De pie al lado de la nevera, Daniela devoraba comida a velocidad de vértigo. Parecía que no masticaba la comida: tan pronto la metía en la boca, la tragaba tras darle un bocado rápido. La bajaba bebiendo leche directamente de la botella.
Caro encendió la luz, deslumbrándola.
- ¡Daniela! ¿Pero qué haces?
Al oír a su madre, Daniela se atragantó y empezó a toser.
Caro se acercó al fregadero, llenando un vaso de agua y acercándoselo para que bebiese.
- Bebe despacio, anda.
La niña no cogió el vaso, pero bajó la cabeza, avergonzada.
- Daniela, lo que hay en esta casa es de las dos; no tienes que esconderte para comer; puedes coger lo que quieras, sin pedir permiso, pero a horas normales. Si tienes hambre, come, pero no te levantes a hurtadillas a comer. ¿No te ha llegado la cena? ¿Quieres que te prepare un bocadillo?
La niña no decía nada, pero lloraba, en silencio.
Carolina empezó a recoger lo que la niña había sacado del frigorífico: fiambre, pepinillos, la pasta sobrante del mediodía, leche, yogures… Todo a medio comer, todo desperdiciado.
- Si al terminar de comer tienes más hambre, puedes comer un poco más, pero con mesura. El pediatra dijo que tenías que recuperar peso, pero no dijo nada de comer barbaridades a deshora. Mañana, cuando te levantes, desayuna bien. Si quieres tostadas, come tostadas, o cereales, o galletas, o lo que sea que comáis los niños por la mañana; pero nada de levantarse de noche a comer, ¿me has entendido? Sube a acostarte, anda. Y lávate los dientes otra vez.
La niña subió las escaleras sin dejar de llorar, y Caro, desesperada, se apoyó contra la encimera, de espaldas a la ventana; se le había pasado el sueño. ¿Había sido muy brusca? ¿Habría sido mejor dejar que la niña se atracase de noche, y hacer como si no la hubiese visto? Caro no podía saberlo, no conocía la respuesta.
Y ella, que nunca había necesitado nada más que su trabajo, por primera vez en su vida se sintió sola, perdida dentro de un túnel donde no se podía ver la luz.


Bueno… estoy segura que ese psicologo le podrá dar algunas pautas a seguir con Daniela, esta niña esta fatal….
Fatal voy a acabar yo… Quien me mandaría embarcarme en una novela sobre un tema del que no tengo ni idea…
pues vete al psicólogo y ponle un caso hipotético, en plan, “si tuviese una hija que no me hablase y de noche come como una salvaje a escondidas, ¿qué pautas seguiría?”
y de hijas creo que tienes algo de idea… pero, claro, de hijas con madre “a lo tradicional”
¿Pá que me cobre? Ni de coña. Una cosa es que no gane un duro con los libros, y otra muy distinta es que me cuesten dinero.
Jamás de los jamases.