El Principio (VIII)
Carolina se comió la cena destinada a la niña, y después fregó los platos.
Las maletas en el medio de la entrada dificultaban el paso, pero es que estaba tan cansada que no le apetecía hacer nada más que darse una ducha y acostarse. Se sentía sucia y pegajosa, y lo único que quería era meterse entre las frescas sábanas de su cama y olvidarse de todo.
Al fin y al cabo, mañana sería otro día.
Se dio una ducha rápida y se acostó, agotada, pero nada más meterse en la cama empezó a dar vueltas.
No sabía qué hacer con Daniela, pero no creía que embarcarse en una investigación solitaria en una isla remota perdida en el medio de ninguna parte, sin más compañía que las gaviotas, las pequeñas littorinas saxatilis, y los cardium, el grupo más numeroso de bivalvos que se cultivaban en la isla y cuya adaptación a las subidas y bajadas de marea serían el objetivo principal de su estudio, fuese lo más conveniente para la niña.
Y tampoco podía dejarla en ningún campamento de verano; ni hablar. Daniela aún no estaba en condiciones ni físicas ni emocionales como para enfrentarse a ello. Claro que para Caro sería la mejor opción, pero ya iba siendo hora de hacerse cargo de su hija, y si eso incluía modificar sus planes para adaptarlos a la niña, estaba dispuesta a hacerlo.
Podían pasar el verano allí, en su casa. Sería el primero de muchos para ella, que se pasaba sus vacaciones de investigación en investigación, y ayudaría a la niña a instalarse definitivamente y sentirse en su hogar.
Claro que todo eso tenía que explicárselo a su jefe y hacer que lo comprendiese, y aquello parecía imposible.
Después de muchas vueltas y de romperse la cabeza, Caro se durmió agotada.
Ni siquiera se dio cuenta de los gritos angustiosos de Daniela al sufrir una de sus múltiples pesadillas, que despertó varias veces bañada en sudor.
Sólo la despertó el despertador a la hora de siempre, las siete y media de la mañana. Sentía la cabeza espesa y pesada; parecía que no dormía en años.
Abrió la puerta del dormitorio de Daniela para ver cómo estaba la niña, que seguía en la misma posición, y bajó a hacer el desayuno. Después, la despertaría.
Nadie podía pasar tanto tiempo sin comer, y tampoco podía permitir que se pasase el verano encerrada en su dormitorio.
Y después iría al laboratorio y llevaría a Daniela con ella, seguro que le gustaría saber dónde trabajaba su madre.
Además, si tenía que hablar con el jefe, mejor hacerlo cuanto antes.


Oye… que es que dice mi cuñado que las littorina saxatilis son gasterópodos, que los bivalvos son los mejillones. ¡Qué cosas, verdad!
Pues viendo las fotos de internet son “caramuxos” de toda la vida
Dile a tu cuñado que tiene razón, que eso pasa cuando intentas hacer sushi a la vez que escribes. Me comí media frase voy a corregir.
¡Pero qué poco fina es esta chica!
A ver, dile a tu cuñado que revise, anda…
yo no se ni lo que es eso……..jejejeje
No te preocupes, para eso está jújel. ¿De dónde te crees que lo he sacado yo?
¿Darle yo la razón a mi cuñado? …¡¡¡Ni de coña!!!
Ahora soy yo la que pregunta ¿eso se come? Si no es así ¿para qué quieren cultivarlos? Joé… es que esta chica es rara, rara, rara…
Es que darle la razón a los cuñados duele, ¡si lo sabré yo!
Los caramuxos se comen. En mi casa era una fiesta cuando los había… menos para mi que me dan asco (soy así). Lo que sí se los limpiaba para ellos porque me hacía mucha gracia: se les quita la vianda con una aguja o alfiler.
Los erizos de mar también los comían… agggghhh (también me daban asco)
En mi pueblo se llaman minchas; en el de mi padre, bígaros y a mi me encantan.
Voy a tener que darte un cursillo acelerado de comida sana, miña reina.