El principio (III)
Era gracioso.
Ella, que nunca quiso una familia, que estaba contenta con su vida tal y como era, se encontraba con un ser al que cuidar y educar.
Ella no lo había pedido, pero ahí estaba.
Había hablado con psiquiatras, pediatras, psicólogos y ya no recordaba cuánta gente más, pero todo lo que había almacenado eran datos teóricos; nadie podía ayudarla en la difícil tarea de ser madre primeriza de preadolescente traumatizada.
Ella no lo había pedido, pero allí estaba.
Quizás no había sido una buena idea coger el teléfono a las tres de la mañana: eso lo había aprendido de su padre:
- “Cualquier llamada después de medianoche es mejor no atenderla, siempre serán malas noticias, y las malas noticias pueden esperar”.
No es que la hubiesen despertado, pero la habían dejado sin habla, y la noticia podía haber esperado hasta el día siguiente, aunque eso tampoco habría servido para nada. Retrasar lo inevitable… No valía la pena.
Y todo lo que pudo hacer fue hablar con el laboratorio, hacer una maleta apresurada y coger un avión, para recorrer los ochocientos kilómetros que separaban su hogar del de su hija.
Caro volvió a mirar por el retrovisor; nada, ni una palabra, ni un gesto, ni una mueca. La estatua del asiento de atrás sólo demostraba su vitalidad por el parpadeo de los ojos y algún bostezo ocasional. Desde el accidente, desde que despertó del coma, no había vuelto ni a sonreír, ni a reír, ni a llorar, ni a hablar.
¿Qué es lo que pasaría por su cerebro? Sabía que el psiquiatra había explicado a la niña el accidente, la muerte de su padre y de Mayte, su madrastra, y de su hermanastra.
Daniela ni siquiera había dado muestras de reconocer esos nombres, pero nadie hablaba de amnesia, sino de aislamiento; Daniela se había retirado a vivir a un mundo donde nadie podía alcanzarla.
El coche avanzó unos pocos metros más, y Caro apretó el acelerador, desesperada, ¡iban a a perder el avión!
Poco a poco, el coche se movió y Caro empezó a cambiar de carril para poder avanzar algo más en la larga fila de coches mojados. Ganó unos metros, unos cuantos bocinazos gratuitos más y una larga lista de insultos.
- Espero que nos dé tiempo a comer algo en el aeropuerto, me muero de hambre, ¿y tú?
Nada, Daniela no respondía.
Y tenía que tener hambre; había adelgazado mucho en las últimas semanas y el vestido que llevaba puesto parecía que le quedaba dos tallas grande. A lo mejor, el comprar ropa nueva podía animarla. Caro sonrió, a todas las chicas les gustaba la ropa.
- En el aeropuerto hay tiendas de ropa en la Duty Free, quizás podamos mirar algo que te guste. ¿Te gusta Calvin Klein?
Silencio, en el coche no se oían más que las gotas de agua contra los cristales, y los bocinazos del exterior.
- Oye Daniela. Ya sé que estás dolida, enfadada y triste, pero esto no puedo hacerlo sola, necesito que me ayudes, que pongas algo de tu parte. Si no me hablas, si no me cuentas tus cosas, no podré ayudarte, y yo quiero ayudarte, para eso soy tu madre.
Y de repente, Daniela la miró.


Me encanta que hayas empezado tu nuevo libro, que no ha hecho mas que empezar y ya estoy enganchada !!!!!!!!!!!
ufff, complicada situación….sin duda
¡¡¡Madre mía!!! Esta gente es carne de cañón. Tengo mieeeedo…
Tranquila, tranquilaaaaaa.
Interesante, tiene misterio y bastante pasion
Me alegra que te guste.